Donostia, año Monicelli


Bien, por fin un rato para acercarme al blog. Qué decir, divisando la recta final de nuestro Zinemaldia. Hoy no hago más que escuchar eso de "vaya ojeras, chica". Sí, hoy es uno de esos días que o me tomo un RedBull o no aguanto. Si hay una época del año en que mi consumo de cafeína supera con creces la media es ésta. Por mucho que te guste el cine, es muy duro estar dentro de una sala desde las cuatro de la tarde hasta prácticamente la una de la mañana. Menos mal que el cine de Monicelli, a veces mediocre, a veces brillante y muchas veces divertido, y eso compensa.

A estas alturas voy cumpliendo mi estricto plan de sesiones. Y no nos podemos quejar, el ciclo funciona bien, la gente se divierte, y de vez en cuando descubrimos alguna perla que desconocíamos. Monicelli pasó por Donostia y se fue, y allí está en su casita de Roma, Vicino al Colosseo, descansando del ajetreo. No tuve la oportunidad de verle, lástima.

Si me preguntan por otras películas, ni idea. Estoy totalmente desconectada del resto del festival. La gente opina sobre lo que ha visto y con algunas películas, como la de Jaime Rosales, hay división de opiniones. Yo vi Tropic Thunder antes del comienzo del festival y, pese a Ben Stiller, Jack Black y Tom Cruise, que no son precisamente mis actores favoritos, la película me gustó por lo cínica, crítica y bestia que es; Hollywood dentro de Hollywood.

Si tengo que quedarme con algún título, revisar "I soliti ignoti" ha sido un auténtico placer. "Guardie e ladri" me la reservo para verla en casa, pero del resto, os recomendaría "Parenti serpenti", "Vita da cani" y, por supuesto, "La grande guerra". Muy recomendable "Risate di Giogia" con una magna Magnani. Contaré más, habrá alguna foto, actualizaré links, pero cuando me recupere de ésta...

Two for the road, Dos en la carretera

Me habían hablado de las virtudes de esta película docenas de veces, pero tuve que esperar a que una cadena de televisión por fin la programara, de madrugada, para grabarla y por fin verla, y quedarme prendada de ella y convertirla, visionado a visionado, en mi película favorita. Aquí os apunto algunas de las razones que hacen de ella una pequeña gran obra maestra.

1. Frederic Raphael


Novelista y guionista de cine y televisión en activo desde finales de los cincuenta. Antes de Dos en la carretera había firmado varios guiones, siendo el más destacable Darling, que le reportó un Oscar, y más adelante firmaría Daisy Miller y Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Es el responsable de todas las perlas que podemos encontrar en el guión:


Mark: ¿Qué son dos personas sentadas la una frente a la otra sin hablarse?
Joanna: ¿Un matrimonio?

Mark: Bitch! (aquí lo tradujeron como “bruja”, aunque lo correcto sería decir “zorra”)
Joanna: Bastard!

Mark: Acordamos antes de casarnos que no tendríamos niños.
Joanna: Y no los tuvimos antes de casarnos.

2. Henry Mancini


Mancini (1924-1994) será eternamente recordado por dos obras fundamentales: la banda sonora de Desayuno con diamantes y el tema de La pantera rosa. Entendió como nadie la evolución hacia el pop y el jazz de la música de cine y también innovó el tratamiento de las sintonías de las series de televisión. Sin duda, son sus colaboraciones con Blake Edwards y Stanley Donen las que han propiciado sus obras más interesantes y reconocidas. Para mí, además de ésta y las mencionadas, Peter Gunn, Charade y Victor/Victoria son probablemente sus partituras más inspiradas. La música para Two for the road es muy descriptiva, transmite perfectamente las situaciones de movimiento, las humorísticas, las dramáticas, imprime un aire pop que encaja perfectamente en la estética cambiante de paisajes, vestuario, objetos y personajes. Como en muchas de sus bandas sonoras, queda un tema principal cantable, que elegantemente orquestaba para ser interpretado por un coro de voces, algo muy propio de los años sesenta y en particular de las obras de Mancini. Por suerte, ésta y muchas de las grabaciones originales del compositor han sido remasterizadas y editadas en los últimos años.

3. El montaje y la dirección artística

Madelein Gurg y Richard Marden son los artífices de este puzzle de flashbacks engarzados con precisión, en el que se mezclan cinco momentos en la historia de un matrimonio, perfectamente sincronizados, con transiciones sutiles, y en el que no nos perdemos gracias a la dirección artística de Marc Frederic y Willy Holt. Cada etapa en la historia de esta pareja en la carretera se identifica por el medio de locomoción empleado, por su aspecto y su vestimenta, y también por la gran labor de los actores, que imprimen un estado de ánimo diferente a cada situación, cada uno de ellos resultado de la etapa anterior. Nunca un collage aparentemente desordenado es tan claro desde el planteamiento inicial de la película. No sería la misma si siguiera una línea cronológica recta. Ésta es una carretera con curvas y cambios de rasante que evoluciona desde el auto-stop hasta el elegante Mercedes.

4. William Daniels, Eleanor Bron y su insoportable Ruthie


Secundarios de lujo, el matrimonio Maxwell-Manchester y su retoño repelente y caprichoso se convierten en inolvidables compañeros de viaje de los recién casados Mark y Joanna. A William Daniels (NY, 1927) lo hemos visto en muchas películas y series de televisión, pero sin duda para mí su Howard es el mejor personaje que ha encarnado en su larga carrera profesional; algunos lo recordamos como el juez Bedford en Cita a ciegas (Blake Edwards, 1987) o como padre de Dustin Hoffman en El graduado. En cuanto a Eleanor Bron (Stanmore, UK, 1938), quién no la recuerda como Ahme en Help (1965), o en Mujeres enamoradas y sigue en activo, en el cine y en la televisión. Sin duda, esa excursión fallida a Grecia no hubiera sido la misma sin el monstruo cuellicorto que emerge de las faldas de su madre: No, Ruthie, I didn't. No, I did not. No, Ruthie. No.

5. Albert Finney, Audrey Hepburn, Stanley Donen


Cuenta Donen que en el momento de realizar la película, Finney, Hepburn y él mismo estaban o acababan de salir de un doloroso proceso de divorcio y que eso influyó mucho en la relación entre los actores y la interpretación de los personajes centrales, así como en el tratamiento del deterioro de la relación de pareja que se describe. Para Audrey tener a Finney frente a ella supuso un soplo de aire fresco, por su buen humor. El papel de Mark Wallace fue rechazado por Paul Newman, que hubiera hecho un trabajo sensacional, probablemente, porque creo que ambos actores son capaces de imprimir cinismo a la vez que picardía a un personaje que arranca antipático y que así lo requiere. Mark es un hombre ambicioso y egoísta, a ratos divertido, encantador y amante e incluso inspira pena cuando se muestra decepcionado. Joanna es una mujer dulce y sincera, débil, amante, divertida, por momentos podemos pensar que él no la merece, aunque esa debilidad hace que la balanza se nivele. Donen, lejos de los preceptos estilísticos del musical, compone esta película con la misma precisión con la que se erige el granero de Siete novias para siete hermanos haciendo gala de un sentido del ritmo similar al del género musical. Consigue que el conjunto sea una historia de alto nivel estético y narrativo. No sólo ha resistido al paso del tiempo, sino que con los años se ha ido fortaleciendo y adquiriendo valores que quizá en su estreno pasaron desapercibidos. Bueno, sí, en San Sebastián, en 1967, un grupo de locos por el cine supo reconocerlo.

Zinemaldia 2008

Ya llega, ya... otra edición del Festival de Cine de San Sebastián. Y con él... la retrospectiva de Mario Monicelli.


En ediciones anteriores tuvimos la oportunidad de disfrutar de Hambre, humor y fantasía (1998) y Boom italiano (1999), que han sido la mejor aproximación que he vivido a la comedia italiana. Recuerdo con especial cariño la retro del 98, porque quizá me gustaron mucho más las comedias de los años 40 y 50, con Totò como uno de sus grandes actores. Por suerte, varias de las películas que protagonizó están entre las dirigidas por Monicelli, así que espero tener la oportunidad de ver y compartir estas pequeñas joyas con quien desee pasar un buen rato.

Así que tendremos, del 18 al 27 de septiembre, una cita con Aldo Fabrizzi, Sophia Loren, incluso con Jacqueline Bisset o Goldie Hawn, si es que el ciclo incluye sus títulos, ya que excede el número de títulos que habitualmente componen un ciclo de estas características. Lo esperable es ver, entre otras, I soliti ignoti, Guardie e Ladri, o La grande guerra, tres clásicos del cine italiano. Entre otros nombres que son parte de la historia del cine, Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Alberto Sordi, Vittorio Gassman y una larga lista de intérpretes.

PD. A la Bargallò. Algún día volverás a pasearte por el María Cristina. Hala, te dedico el nuevo look.

Hello, Wall·E!

“Out there
There's a world outside of Yonkers
Way out there beyond this hick town, Barnaby
There's a slick town, Barnaby
Out there
Full of shine and full of sparkle
Close your eyes and see it glisten, Barnaby
Listen, Barnaby...
Put on your Sunday clothes,
There's lots of world out there…”

Plano general de la Tierra (por el ángulo americano, por supuesto) desde un satélite, probablemente abandonado en el caos espacial, en un viaje hacia un planeta árido, abandonado, invadido por la chatarra y la basura, donde un robot y una cucaracha indestructible conviven, sobreviviendo al paso del tiempo, a la contaminación y al cambio climático.

Wall·E es trabajador y metódico, está programado para amontonar basura. Su mundo está en su ciudad de gigantescos rascacielos de residuos que él mismo va compactando y elevando bloque a bloque, recogiendo todo lo que en algún momento ha quedado abandonado por una sociedad de usar y tirar que parece haber huído despavorida. Los residuos de un mundo presuntamente moderno se convierten en juguetes y curiosidades que con mimo atesora en su vivienda, en el corazón de una máquina tan muerta como todo lo que hay alrededor.

Si nos preguntamos cómo Wall·E y la cucaracha han logrado sobrevivir en soledad, digamos que de sobra es conocido que el repulsivo insecto es indestructible, y que el robot se alimenta de energía solar bien dosificada y de impulso emocional procedente de una vieja cinta VHS que le transmite alegría y esperanza. Éste, por muy máquina que sea, entiende que más allá de aquello para lo que lo han programado, hay algo, un baile, una música, una canción, una vestimenta especial para los domingos… y una mano que entrelazar con su pezuña de acero.

Ese viejo VHS es el mismo que atesoro en alguna caja de mi garaje, donde duermen apilados los restos inservibles de mi reciente pasado. Hello, Dolly! es una obra infravalorada, denostada por la crítica y que, a pesar del éxito de público, nunca pudo recuperar en la taquilla lo que se invirtió en su rodaje. Que de la película se hayan escogido dos temas no es casualidad, como tampoco lo parece que se haya obviado al personaje principal y que da título a la obra, para centrarse en un secundario, Cornelius Hackl, o Michael Crawford. Hasta el punto se ha eliminado a Dolly que apenas quedan rastros en los compases en que debería sonar su voz; esta vez no importa. Wall·E se siente Cornelius Hackl, empleado en la tienda de piensos y forrajes de Horace Vandergelder; un joven de veintiocho años y pico (sic) cuyos escasos ahorros de toda la vida están en la caja fuerte de su jefe, y su vida entre las paredes del almacén en el que trabaja y vive. Cornelius sabe que fuera de esas paredes hay un mundo diferente, lleno de diversión y donde existe una chica a la que poder besar.

El empleado de almacén y el robot basurero se salen de la rutina un feliz día en el que conocen a la chica de sus sueños. A partir de entonces su existencia no va a ser la misma. Cornelius sale de Yonkers: Nueva York es una fiesta, con el desfile de la Calle 14 y el concurso de baile del Jardín de la Armonía. Se enamora instantáneamente de Irene Molloy, la dueña de una sombrerería que hasta entonces aspiraba a casarse con un millonario; ella, al conocer a Cornelius, se da cuenta de que ha de aprovechar el momento para saborear el lado frívolo de la vida.

Wall·E recibe la visita inesperada de Eva, una sonda que rastrea la Tierra en busca de indicios de vida. Una chica de armas tomar, pulcramente vestida de blanco. La escasa belleza de ese mundo es Apple: Wall·E despliega sus paneles solares con el clásico acorde del MacOS, o enchufa el iPod para escuchar su música favorita. Y Eva es blanca, pulida, brillante y elegante como un iMac. Después de superar la violenta irrupción en su territorio de una sonda siempre a la defensiva, Wall·E y su banda sonora consiguen conectar emocionalmente con ella y lo que ocurre de ahí en adelante es una sucesión de aventuras en las que el héroe de la chatarra se mueve, más que con energía solar, con la fuerza del enamoramiento.

Llena de guiños, homenajes e inspiraciones fílmicas, no es sino una matriushka que encierra pequeñas muñecas, como Gene Kelly lleva dentro a Stanley Donen que encierra dentro de sí a Vincente Minnelli. Y en las entrañas de Wall·E no sólo está Cornelius Hackl. Hay también algo de Buster Keaton (el hombre mudo, feo y serio que no para hasta conseguir a su amada), o del Chaplin de Tiempos Modernos, o de Harpo Marx, capaz de sacar de los bolsillos de su gabardina un perro o una escoba. Wall·E es una matriushka de pocas palabras. Su fisonomía tiene que ver con Short Circuit y con el propio ET, del que también sale inspirada la planta (donde hay vida, hay esperanza); hay un homenaje expreso a 2001 y otros más tenues a Artificial Intelligence y a Star Wars. Por último, por encima de todo es un elogio a las películas románticas clásicas y a la actitud positiva del género musical: basta sólo un momento, un instante, para enamorarse para toda la vida…

“I held her for an instant
But my arms felt sure and strong
It only takes a moment
To be loved a whole life long...”


Una obra maestra de Pixar (otra más), que aprovecha para criticar el mundo consumista, de usar y tirar; apunta contra una sociedad orientada a la comodidad, cuesta abajo hacia la obesidad, la ignorancia, la inactividad y la destrucción. En un panorama existencialista, sombrío, casi yermo, una pequeña planta resurge de entre la basura (una bota que Charlot la recibiría como si fuera un exquitiso bistec con ensalada), con un destello de verde optimismo, desencadenando una historia de amor y devolviendo la esperanza de resucitar un mundo extinto. No resulta muy alentador, en cualquier caso, que el comandante del buque esté convencido de que plantando semillas, obtengan deliciosa pizza…

Rojo y azul


Para dar fe de que no todo se emulea, en casa habitan unos cuantos centenares de deuvedés originales. No, si lo del divequis es, cómo diría yo, más que nada por aprovechar espacio. Aquí mis últimas adquisiciones: el montaje original en teatro de SWEENEY TODD (Stephen Sondheim, oh, venerado dios de Broadway), y un concierto de HARRY CONNICK JR. con su big band en Nueva York en 1992. Nada que ver uno con otro, si han venido conmigo en la misma bolsa, era porque el precio los hacía merecedores de la compra.

ROJO

Hay gente a la que no le ha gustado la versión que Tim Burton ha hecho de Sweeney Todd para el cine porque hay demasiada sangre; yo más bien diría que porque los musicales de Sondheim no son para ver comiendo palomitas precisamente: la música es compleja, las letras muy profundas y las tramas, como en este caso, no tienen nada de superficial ni gratuito. Sí, pienso que Tim Burton se ha excedido tanto en la sangre como se ha quedado corto con el papel femenino. Además, carece del humor negro del montaje original y, claro está, Mrs. Burton o Helena Bonham-Carter no es Angela Lansbury, la señora Lovett.

Estrenada en Broadway (Uris Theatre, marzo 1979), originalmente el papel del protagonista estaba interpretado por Len Cariou; esta producción para TV se rodó durante la gira americana de 1982, que mantiene a Lansbury e incorpora a George Hearn como barbero. Se ha repuesto en Londres y Broadway en múltiples ocasiones, a destacar la Mrs. Lovett de Patti Lupone, y se han hecho versiones en otros idiomas en todo el mundo. En 1995 Mario Gas dirigió una versión interpretada por Constanino Romero y Vicky Peña, primero estrenada en catalán y más tarde en castellano. Parece ser que Sondheim ha dicho que ése era el mejor Sweeney Todd. Interesante: la voz de Clint Eastwood y de Darth Vader.

Si hay algo que reivindicar de todo esto es el papel de Lansbury: es una pena que se la recuerde sólo como la irritantemente perspicaz Señora Fletcher a la que ningún crimen se le resiste, quizá conocedora de los trucos aprendidos en sus días como pastelera de la calle Fleet.


Angela Lansbury lo ha sido todo en el mundo del espectáculo. También tuvo papeles interesantes en el cine, como Gaslight, o muchos la recordamos en Bedknobs and broomsticks (La bruja novata). Entre sus memorables trabajos en el teatro destaca Mame, de Jerry Herman, especialista en entretenimientos de alta calidad, como Hello, Dolly! Algo similar ocurre con Bea Arthur, a quien por estos lares se le recuerda más como la Dorothy de Las chicas de oro, siendo prácticamente desconocida su brillante trayectoria en el teatro; por cierto, hace sólo unas semanas fallecía la mordaz Sofía Petrillo, es decir, Estelle Getty.

AZUL


Este hombre lleva unos veinte años residiendo en mis estanterías. Fue la banda sonora de When Harry Met Sally la que me conquistó, no sólo sus ojos azules, su destreza al piano y su voz al más puro estilo Sinatra. En España se ha dejado escuchar en algún concierto, yo cruzo los dedos para que una futura edición del Jazzaldia nos lo traiga al Kursaal. Pianista precoz, con once años se codeaba con las mejores bandas de New Orleans, y comenzó su carrera en los clubes de Nueva York. Ha coqueteado con el pop, pero donde mejor se mueve es en el terreno de las big band. Ah, repitamos su nombre... Se llama Harry Connick Jr.